viernes, 17 de junio de 2016

O bo camiño. (IV). No hay gloria sin dolor.




Seguimos recorriendo por pistas vecinales y caminos de fieitos[1] y loureiros[2], Carral y, ay, no tardan en aparecer las montañas de subida al Mesón do Vento. Vencidas estas alturas estaremos en el Albergue de Bruma, construido en el sitio del antiguo Hospital de Peregrinos. Tan sólo diez kilómetros y habremos cumplido la primera jornada, pero… quién los recorriera sin dejarse la rodilla en el intento… Ahora que lo rememoro una lágrima corre por mi mejilla sin que pueda hacer nada para evitarlo. Ésta no es de dolor.

 
En efecto, empezamos a subir las cuestas, en seis kilómetros cuatrocientos metros de cota; casi siempre por zona pavimentada lo que endurece mucho las condiciones de la marcha y reaparece un viejo fantasma de mi juventud. Mi rodilla derecha, dañada desde los 30 años, empieza a molestar. Por lo demás, vamos bien. No sé qué es peor, cuando subimos o cuando los rigores del camino imponen una bajada. Dudo que pueda expresar con palabras lo que sentí. El ser humano frente al dolor. Desacostumbrado como está en este siglo a soportarlo. Estamos en medio de la nada. Bosques de eucaliptos a ambos lados (Xabi los detesta porque a su vera no crecen otros árboles). Ahora carballos[3], loureiros, fieitos gigantescos, castiñeiros[4],…sólo un camino asfaltado denota la impronta del hombre en la zona… y mi rodilla que duele poniendo en riesgo la continuidad de la marcha. - Ya arriba del todo de esta cuesta hay un “repechito”, es la manera particular de mi compañero de darme aliento. Thor corretea entre él y yo intentando unirnos. Se da cuenta perfectamente de lo que sucede. No me quejo, no me detengo, no miro más allá del paso que voy a dar en cada instante. El camino que quedó detrás, ya no lo volveremos a recorrer; el de adelante no existe, tan sólo existe un paso, y otro paso, y otro, y una rodilla que está a punto de decir ¡basta! - Acorta el tramo que recorres con el bastón y acompásalo con la pierna adolorida, me recomienda Xabi, sobre todo porque vas subiendo una montaña, y sí… es buena idea. Ya mi rodilla no me deja flexionar la pierna y he de recorrer aún unos siete km. ¿Qué son siete kilómetros para quien lleva recorridos veintiocho? ¿Y para quien suele recorrer como poco quince un día cualquiera?… No son más que siete kilómetros. ¡Adelante! Ahora pienso así, pero en aquel momento no pensaba en nada, sólo en cómo dar el próximo paso…

Un “repechito” y unos troncos, tal parece que puestos para nosotros. Es imposible no aprovecharlos para parar cinco minutos. Quitar de nuestras espaldas las mochilas, porque sí, ahí están las mochilas… la mía con sus cuatro kilogramos y la de Xabi con nueve, pues además de lo suyo carga la mayor parte del pienso de Thor. Aprovechamos para comer unas barritas de sésamo y tomar un poco de agua. Inmortalizo el momento con unas fotos y la mía es especialmente curiosa. Transida de dolor aparezco sonriendo. Sí, cómo he podido sonreír… Al mirarlo recuerdo que mi madre, a quien con los años me parezco cada vez más físicamente, cantaba cuando estaba estresada o tenía problemas. Interesante manera de afrontar el dolor y la pena que tenemos las Pérez de nuestra familia.

El cuerpo agradece el descanso. Mi rodilla me da tres pasos de asueto. - Todo un detalle, recuerdo que pensé. Resulta inevitable que me vengan a la mente tantas clientas que me llegan al día con problemas de rodilla y a las que suelo sugerir un producto mágico llamado Osteartil. ¿Será cierto que es mágico? Quién lo tuviera aquí… El dolor se hace casi insoportable y veo mi vida pasar ante mí… Ahora es la abuela de unos amiguitos de la infancia la que no se me quita de la cabeza… Caminaba tal y como yo camino ahora, eso sí, distinguía más que por su cojera por andar siempre cotilleando sobre todo y todos. Lo que en buen cubano llamamos “chismosear”. Catalina creo que se llamaba, aunque también puede que haya sido Mireya y Catalina no sea más que la del guayo[5].

Nos vamos acercando cada vez más al Mesón do Vento y las flechas nos introducen hacia un camino de tierra. ¡Por fin! Es más que de agradecer sentir ese colchón otoñal de hojas de árboles bajo unos maltrechos pies. Y, oh, una gotica, otra, un cielo muy gris, y comienza a chispear, qué digo chispear, comienza a llover. Nos ataviamos con chubasqueros, más bien nos disfrazamos como podemos pues necesitamos proteger las mochilas, mantener la movilidad y evitar que el viento que ahora sopla con fuerza nos desvencije los atuendos. Las flechas nos indican que debemos salir nuevamente a la carretera. Ya estaremos a unos cuatro kilómetros de Bruma donde debemos pernoctar y pese a todo tenemos la extraña sensación de haber llegado. Xabi me confiesa que si le dicen que llegaríamos secos a esta altura del camino cuando estaba anunciada una depresión huracanada y comenzara a llover en Sergude, con ventarrón incluido, no lo hubiese creído. He de decir que era tanta mi emoción que ni siquiera había reparado en ello. Y ¿por qué es que tenemos la ligera sospecha de que el trazado original del camino ha sido desviado para que los peregrinos pasen por los dos únicos bares próximos? Pasamos por frente a éstos y sin detenernos nos adentramos en un campo labrado por donde Xabi cree que discurre el trazado y en busca del albergue, nuestra tabla salvadora. Pero ni flechas, ni albergue, ni tablas… Sugiero que demos marcha atrás y Xabi me concede la razón y nos volvemos. Dos de lo mandamientos de los peregrinos dicen: seguirás las flechas sobre todas las cosas, y, no recorrerás kilómetros en vano… Pero aún no conocemos los diez mandamientos de los peregrinos.

Hospital de Bruma.

Al volvernos a la carretera encontramos a un señor al que sin preguntarle comienza a darnos instrucciones para llegar a Bruma. - Sólo os faltan unos tres kilómetros, ya no queda nada, dice el buen señor. Podéis seguir conmigo por la carretera o internarse en el camino y seguir el trazado. ¿Carretera? – No, gracias. Camino de tierra, por favor. El Comando Santiago se separa del señor y de adentra por pistas vecinales y cada vez más la distancia recorrida y la naturaleza bajo nuestros pies, la naturaleza que nos tapa, la tarde que cada vez es más oscura, los riachuelos que cruzamos; nos dejan saber que en breve veremos Bruma. Al terminarse el camino natural llegamos al poblado donde está enclavado el albergue, Mesías, si mal no recuerdo, y sí, le pega el nombre, es como haber visto al Mesías. Muchos coches, mucha gente, una funeraria, una iglesia, campanas,… ¡un funeral! ¡El día que empezó con una boda termina con un funeral! El muerto deja de ser el tema de conversación porque… pasa Thor, orgulloso luciendo su mochila. No sé por qué sabe que pronto habrá terminado la caminata del día. Unos metros más, sólo unos metros y habremos llegado, ¡sí! No lo hemos soñado, el albergue existe y está lleno de peregrinos que como nosotros han dejado la comodidad del hogar para esta búsqueda personal que es El Camino de Santiago. Los últimos en llegar y poder ser íntegramente acomodados. La hospitaleira nos recibe amable, nos inscribe y nos da unas fundas para la colchoneta y almohada de la litera. Encargamos por teléfono la cena al pueblo y socializamos con el resto de peregrinos. Todos anonadados y llenos de ternura por Thor. La solidaridad se percibe. Enseguida nos muestran las dos únicas literas disponibles, nos enseñan los baños, nos hacen un sitio para que nos sentemos, traen agua a Thor. Ya los que llegan después de nosotros no tienen alojamiento y deben regresarse al Mesón do Vento para hospedarse en un hostal. Pienso que si nos hubiese pasado a nosotros me alojo con Thor en la caballeriza.

Pronto nos traen la cena que comemos como si fuera “la última cena”, sentados alrededor de una mesa larga junto con el resto de compañeros y al calor de una estufa. Conociéndonos, de dónde eres, dónde empezaste el camino,… En la mesa unas catequistas de Albacete, una mallorquina que peregrina por quinta vez, un canario que había cubierto dos etapas en el día, unas ferrolanas, un coruñés, un italiano, dos talaveranos, una cubana, dos catalanes y ¡hasta un japonés! La velada transcurre entre risas y conversaciones varias. Al final, recogemos las sobras y cuidadosamente las colocamos para dárselas a Thor junto con su comida habitual. Nos duchamos y nos disponemos a efectuar el reposo del guerrero en la única habitación del albergue. Al día siguiente hay que madrugar para comenzar temprano la jornada. Pese a las emociones a flor de piel, el respeto por el descanso del otro es impresionante. Al apagar la luz se hace un silencio sepulcral. Yo no pegué ojo en toda la noche. Entre los dolores que me atravesaban y no me dejaban ni moverme dentro del saco de dormir, los ronquidos de los compañeros, el calor de tanta humanidad con una calefacción ya de por sí fuerte, y la sed que me originó el abundante vino consumido en la cena, lo único que deseaba era que llegara la hora de ponerme en marcha. Recordé que un buen amigo me dijo que al rato de ponerme en marcha me preguntaría qué hacía allí con lo bien que podía estar en casa. Me sorprendió comprobar que ni una sola vez había tenido ese pensamiento.



[1] Helechos, en castellano.
[2] Árbol de la familia de las lauráceas, de copa baja, hojas perennes, lanceoladas, muy empleada como condimento. Laurel, en castellano.
[3] Árbol caducifolio de la familia de las fagáceas, de gran tamaño, que puede llegar a medir cuarenta metros de altura y hasta dos metros de diámetro. De madera dura. Roble, en castellano. Muy abundante en Galicia.
[4] Árbol grande de la familia de las fagáceas, de copa ancha y hoja caduca, de madera muy apreciada, que tiene como fruto erizos que contienen las castañas en su interior. En el otoño caen los erizos y todo el monte alrededor se llena de castañas. En esta época se realiza el magosto, comida típica que consiste en castañas asadas generalmente acompañadas de vino.
[5] Dice el primer verso de una popular canción cubana: Dile a Catalina que se compre un guayo que la yuca se me está pasando. Guayo es un instrumento usado en la cocina para rayar.

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