Seguimos recorriendo por pistas vecinales y caminos de fieitos[1]
y loureiros[2],
Carral y, ay, no tardan en aparecer las montañas de subida al Mesón do Vento.
Vencidas estas alturas estaremos en el Albergue de Bruma, construido en el
sitio del antiguo Hospital de Peregrinos. Tan sólo diez kilómetros y habremos
cumplido la primera jornada, pero… quién los recorriera sin dejarse la rodilla
en el intento… Ahora que lo rememoro una lágrima corre por mi mejilla sin que
pueda hacer nada para evitarlo. Ésta no es de dolor.
En efecto, empezamos a subir las cuestas,
en seis kilómetros cuatrocientos metros de cota; casi siempre por zona
pavimentada lo que endurece mucho las condiciones de la marcha y reaparece un
viejo fantasma de mi juventud. Mi rodilla derecha, dañada desde los 30 años,
empieza a molestar. Por lo demás, vamos bien. No sé qué es peor, cuando subimos
o cuando los rigores del camino imponen una bajada. Dudo que pueda expresar con
palabras lo que sentí. El ser humano frente al dolor. Desacostumbrado como está
en este siglo a soportarlo. Estamos en medio de la nada. Bosques de eucaliptos
a ambos lados (Xabi los detesta porque a su vera no crecen otros árboles).
Ahora carballos[3],
loureiros, fieitos gigantescos,
castiñeiros[4],…sólo
un camino asfaltado denota la impronta del hombre en la zona… y mi rodilla que
duele poniendo en riesgo la continuidad de la marcha. - Ya arriba del todo de
esta cuesta hay un “repechito”, es la manera particular de mi compañero de
darme aliento. Thor corretea entre él y yo intentando unirnos. Se da cuenta
perfectamente de lo que sucede. No me quejo, no me detengo, no miro más allá
del paso que voy a dar en cada instante. El camino que quedó detrás, ya no lo
volveremos a recorrer; el de adelante no existe, tan sólo existe un paso, y
otro paso, y otro, y una rodilla que está a punto de decir ¡basta! - Acorta el
tramo que recorres con el bastón y acompásalo con la pierna adolorida, me
recomienda Xabi, sobre todo porque vas subiendo una montaña, y sí… es buena
idea. Ya mi rodilla no me deja flexionar la pierna y he de recorrer aún unos
siete km. ¿Qué son siete kilómetros para quien lleva recorridos veintiocho? ¿Y
para quien suele recorrer como poco quince un día cualquiera?… No son más que
siete kilómetros. ¡Adelante! Ahora pienso así, pero en aquel momento no pensaba
en nada, sólo en cómo dar el próximo paso…
Un “repechito” y unos troncos, tal parece
que puestos para nosotros. Es imposible no aprovecharlos para parar cinco
minutos. Quitar de nuestras espaldas las mochilas, porque sí, ahí están las
mochilas… la mía con sus cuatro kilogramos y la de Xabi con nueve, pues además
de lo suyo carga la mayor parte del pienso de Thor. Aprovechamos para comer
unas barritas de sésamo y tomar un poco de agua. Inmortalizo el momento con
unas fotos y la mía es especialmente curiosa. Transida de dolor aparezco
sonriendo. Sí, cómo he podido sonreír… Al mirarlo recuerdo que mi madre, a
quien con los años me parezco cada vez más físicamente, cantaba cuando estaba
estresada o tenía problemas. Interesante manera de afrontar el dolor y la pena
que tenemos las Pérez de nuestra familia.
El cuerpo agradece el descanso. Mi
rodilla me da tres pasos de asueto. - Todo un detalle, recuerdo que pensé.
Resulta inevitable que me vengan a la mente tantas clientas que me llegan al
día con problemas de rodilla y a las que suelo sugerir un producto mágico
llamado Osteartil. ¿Será cierto que es mágico? Quién lo tuviera aquí… El dolor
se hace casi insoportable y veo mi vida pasar ante mí… Ahora es la abuela de
unos amiguitos de la infancia la que no se me quita de la cabeza… Caminaba tal
y como yo camino ahora, eso sí, distinguía más que por su cojera por andar
siempre cotilleando sobre todo y todos. Lo que en buen cubano llamamos
“chismosear”. Catalina creo que se llamaba, aunque también puede que haya sido
Mireya y Catalina no sea más que la del guayo[5].
Nos vamos acercando cada vez más al Mesón
do Vento y las flechas nos introducen hacia un camino de tierra. ¡Por fin! Es
más que de agradecer sentir ese colchón otoñal de hojas de árboles bajo unos
maltrechos pies. Y, oh, una gotica, otra, un cielo muy gris, y comienza a
chispear, qué digo chispear, comienza a llover. Nos ataviamos con chubasqueros,
más bien nos disfrazamos como podemos pues necesitamos proteger las mochilas,
mantener la movilidad y evitar que el viento que ahora sopla con fuerza nos
desvencije los atuendos. Las flechas nos indican que debemos salir nuevamente a
la carretera. Ya estaremos a unos cuatro kilómetros de Bruma donde debemos
pernoctar y pese a todo tenemos la extraña sensación de haber llegado. Xabi me
confiesa que si le dicen que llegaríamos secos a esta altura del camino cuando
estaba anunciada una depresión huracanada y comenzara a llover en Sergude, con
ventarrón incluido, no lo hubiese creído. He de decir que era tanta mi emoción
que ni siquiera había reparado en ello. Y ¿por qué es que tenemos la ligera
sospecha de que el trazado original del camino ha sido desviado para que los
peregrinos pasen por los dos únicos bares próximos? Pasamos por frente a éstos
y sin detenernos nos adentramos en un campo labrado por donde Xabi cree que
discurre el trazado y en busca del albergue, nuestra tabla salvadora. Pero ni
flechas, ni albergue, ni tablas… Sugiero que demos marcha atrás y Xabi me
concede la razón y nos volvemos. Dos de lo mandamientos de los peregrinos
dicen: seguirás las flechas sobre todas las cosas, y, no recorrerás kilómetros
en vano… Pero aún no conocemos los diez mandamientos de los peregrinos.
Hospital de Bruma.
Al volvernos a la carretera encontramos a
un señor al que sin preguntarle comienza a darnos instrucciones para llegar a
Bruma. - Sólo os faltan unos tres kilómetros, ya no queda nada, dice el buen
señor. Podéis seguir conmigo por la carretera o internarse en el camino y
seguir el trazado. ¿Carretera? – No, gracias. Camino de tierra, por favor. El
Comando Santiago se separa del señor y de adentra por pistas vecinales y cada vez
más la distancia recorrida y la naturaleza bajo nuestros pies, la naturaleza
que nos tapa, la tarde que cada vez es más oscura, los riachuelos que cruzamos;
nos dejan saber que en breve veremos Bruma. Al terminarse el camino natural
llegamos al poblado donde está enclavado el albergue, Mesías, si mal no
recuerdo, y sí, le pega el nombre, es como haber visto al Mesías. Muchos
coches, mucha gente, una funeraria, una iglesia, campanas,… ¡un funeral! ¡El
día que empezó con una boda termina con un funeral! El muerto deja de ser el
tema de conversación porque… pasa Thor, orgulloso luciendo su mochila. No sé
por qué sabe que pronto habrá terminado la caminata del día. Unos metros más,
sólo unos metros y habremos llegado, ¡sí! No lo hemos soñado, el albergue existe
y está lleno de peregrinos que como nosotros han dejado la comodidad del hogar
para esta búsqueda personal que es El Camino de Santiago. Los últimos en llegar
y poder ser íntegramente acomodados. La hospitaleira
nos recibe amable, nos inscribe y nos da unas fundas para la colchoneta y
almohada de la litera. Encargamos por teléfono la cena al pueblo y socializamos
con el resto de peregrinos. Todos anonadados y llenos de ternura por Thor. La
solidaridad se percibe. Enseguida nos muestran las dos únicas literas
disponibles, nos enseñan los baños, nos hacen un sitio para que nos sentemos,
traen agua a Thor. Ya los que llegan después de nosotros no tienen alojamiento
y deben regresarse al Mesón do Vento para hospedarse en un hostal. Pienso que
si nos hubiese pasado a nosotros me alojo con Thor en la caballeriza.
Pronto nos traen la cena que comemos como
si fuera “la última cena”, sentados alrededor de una mesa larga junto con el
resto de compañeros y al calor de una estufa. Conociéndonos, de dónde eres,
dónde empezaste el camino,… En la mesa unas catequistas de Albacete, una
mallorquina que peregrina por quinta vez, un canario que había cubierto dos
etapas en el día, unas ferrolanas, un coruñés, un italiano, dos talaveranos,
una cubana, dos catalanes y ¡hasta un japonés! La velada transcurre entre risas
y conversaciones varias. Al final, recogemos las sobras y cuidadosamente las
colocamos para dárselas a Thor junto con su comida habitual. Nos duchamos y nos
disponemos a efectuar el reposo del guerrero en la única habitación del
albergue. Al día siguiente hay que madrugar para comenzar temprano la jornada.
Pese a las emociones a flor de piel, el respeto por el descanso del otro es
impresionante. Al apagar la luz se hace un silencio sepulcral. Yo no pegué ojo
en toda la noche. Entre los dolores que me atravesaban y no me dejaban ni
moverme dentro del saco de dormir, los ronquidos de los compañeros, el calor de
tanta humanidad con una calefacción ya de por sí fuerte, y la sed que me
originó el abundante vino consumido en la cena, lo único que deseaba era que
llegara la hora de ponerme en marcha. Recordé que un buen amigo me dijo que al
rato de ponerme en marcha me preguntaría qué hacía allí con lo bien que podía
estar en casa. Me sorprendió comprobar que ni una sola vez había tenido ese
pensamiento.
[1] Helechos, en
castellano.
[2] Árbol de la
familia de las lauráceas, de copa baja, hojas perennes, lanceoladas, muy
empleada como condimento. Laurel, en castellano.
[3]
Árbol caducifolio de la familia de las
fagáceas, de gran tamaño, que puede llegar a medir cuarenta metros de altura y
hasta dos metros de diámetro. De madera dura. Roble, en castellano. Muy
abundante en Galicia.
[4]
Árbol grande de la familia de las fagáceas, de
copa ancha y hoja caduca, de madera muy apreciada, que tiene como fruto erizos
que contienen las castañas en su interior. En el otoño caen los erizos y todo
el monte alrededor se llena de castañas. En esta época se realiza el magosto,
comida típica que consiste en castañas asadas generalmente acompañadas de vino.
[5]
Dice el primer verso de una popular canción cubana: Dile a Catalina que se
compre un guayo que la yuca se me está pasando. Guayo es un instrumento usado
en la cocina para rayar.
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