| Amaneciendo en la ría de O Burgo |
De un salto, Xabi disipa en mí cualquier
temor, termina de meter en la mochila los bocadillos que comeremos en la
primera etapa y nos ponemos en marcha.
Ya en la calle de una ciudad aún dormida,
lo primero que debemos vencer es una cuesta bastante empinada que recuerdo que
en un día cualquiera me supone un esfuerzo especial, pero hoy, no sé por qué,
siento que una poderosa fuerza tira de mí hacia arriba: ¡estoy recorriendo El
Camino de Santiago! Tengo por delante 80 km, que pueden no ser muchos en
comparación con los 800 del camino francés, pero que deben suponer un esfuerzo
físico y mental importante, o como dirían los mayores, una penitencia. Confieso
que ahora que pienso en ello, me invade un susto que recorre mi cuerpo, pues no
sé lo que nos deparará el camino, y ya no hay marcha atrás. Aún no me explico
cómo ese día no me paralizó…
A la salida de Coruña, el primer sitio
que encontramos es la ría do Burgo. Se dice que las rías son representaciones
de las manos de Dios, pues se trata de extrañas entradas del mar en la tierra
que hacen que ésta se asemeje a dedos.
Todo hace presagiar la tormenta; llevan
una semana anunciándola. Nuestro particular "demonio" con nombre
propio se llama Joaquín, un huracán generado frente a las costas de los Estados
Unidos y que se espera que llegue como borrasca a Galicia, con mucha lluvia y
viento. Cuando te traces el camino hacia una meta no permitas que los
contratiempos te aparten de él. Siempre habrá quien intente desanimarte. No le
escuches. También encontrarás quien te anime.
Acabados de bordear la ría aparece ante
la mirada del caminante la iglesia románica de Santiago
de O Burgo. Como otras de su tipo, distingue por su austeridad arquitectónica,
el rosetón frontal y las dos puertas, norte y sur.
| Iglesia románica Santiago de O Burgo |
Paramos unos 10 minutos a contemplarla y
a intentar orientarnos para reanudar el camino. Una chica a la que advertimos
una ligera discapacidad mental, se acerca desde el otro lado de la calle para
decirnos que le ha llamado la atención el perro, nuestro Thor, que no es un perro cualquiera, que su pelo
brillante lo dice. Presta, nos orienta que sigamos recto hasta un parquecito y
que allí veremos las indicaciones del camino. Como en efecto, allí encontramos
las marcas del camino que nos devuelven al lado de la iglesia donde estábamos
unos minutos antes. Nos volvemos y encontramos a otros “peregrinos” recibiendo
orientaciones sobre la ruta, de un vecino del lugar. - Muy distintos son éstos
a nosotros, pienso, - y a la vez tan iguales… Se diferencian en que van
ataviados de trajes deportivos, pequeñas mochilas que casi parecen una parte
más de sus musculosos cuerpos, y van a un ritmo diferente al nuestro. Sin que
lo sepan los he bautizado como “los chicos testosterona”. Creo que cumplirán su
“sesión de entrenamiento del día” caminando a Compostela. Se nos parecen en que
en definitiva, van siguiendo su camino. Ya no los encontraremos más, como cabe
esperar.
Ahora en carretera, ahora atravesando un
polígono industrial abandonado que acusa el esplendor de un tiempo que se nos
antoja ya muy lejano, de aquel momento en que no había crisis; luego por pistas
vecinales, vamos dejando la marca indeleble del que siente que todo lo puede
recorrer andando y llevamos el latido de cientos de años de tradición peregrina
y de los que nos antecedieron en el Camino Inglés.
Andando a ritmo casi
constante, llegamos a la iglesia de Santiago de Sigrás. Repican las campanas
anunciando que ha muerto alguien, y pese a ello el campanero nos confirman lo que
la decoración hace intuir: ¡hay boda! Por Xabi me entero de que el sonido de
las campanas es diferente para muertes, bodas, misa,... No me lo tengáis en
cuenta, soy cubana y no estoy muy al tanto de estos asuntos. Recuerdo que
pensé, - por Dios, ¿quién se casa en un templo así? Con encanto, aunque pequeño
y austero, en nada recuerda a las iglesias de las bodas de las películas. ¡Qué
viva el amor!
Tardamos lo que nos lleva hacer algunas
fotos, un par de preguntas y ajustar las asas de mi mochila que ya vienen
molestando. Es inevitable que recuerde lo que me dijo Xabi antes de salir
cuando al pesarla, y yo aducir que cuatro kilogramos no es nada, riendo me
pidió que se lo repitiera cuando llevara veinte kilómetros con ella a la
espalda. Aún no hemos recorrido esa distancia.
Caminar por sitios irregulares y sin
referencia hace que de un golpe se entienda la teoría de la relatividad, de
Einstein. De pronto se comprende claramente que el espacio y el tiempo son
relativos. El kilómetro deja de tener mil metros y se convierte en una
distancia que se me antoja infinita. Continuamos y después de un tiempo, que
tampoco podría definir, entramos en el ayuntamiento de Carral. ¡Sí! Creo que
exclamé, y puede que Xabi me haya mirado con cara de asombro. Ya me siento casi
en Bruma, que pertenece a Carral, y a donde debemos llegar al final de la
primera jornada; de modo que creo que he vencido la primera etapa. Ay, ¡qué
ilusa fui entonces! Después se comprenderá por qué lo digo.
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