Todo el camino a Santiago de Compostela está señalizado con la típica representación de la vieira y flechas amarillas. En el mejor de los casos las puedes encontrar en mojones que marcan el camino, pero cada vez que haya una intersección que ofrezca dudas, busca bien porque la flecha puede estar en el suelo, en el tronco de un árbol, en una señal del tránsito y en los sitios más variopintos. En nuestro caso, no hace ni falta seguir las flechas, con el tiempo nos damos cuenta que con seguir a Thor nos es suficiente. No hay error posible. ¿Cómo ha entendido qué es lo que debe seguir? La pregunta no deja de darme vueltas en la cabeza. - Por el rastro, dice Xabi. Vale, y ¿quién le ha dicho que siga un rastro? ¿Rastro de quién? En fin…- la naturaleza es sabia, decía mi abuela…
Cada vez que la ruta
nos adentraba en pistas vecinales, los perros de las casas, muchas de ellas
segundas residencias, o los que estaban a cargo de la protección de fincas y
granjas, ladraban a Thor sin parar. Yo le decía, eso es que tienen envidia de
tu interesante vida de peregrino cuando ellos tienen una aburrida y Xabi me
miraba como diciendo: - filla, no traslades a los animales las bajas pasiones
de los humanos, como puede ser la envidia; que estás en el Camino de Santiago.
En esta segunda jornada se dio el gracioso caso de que había dos fincas, una
frente a la otra, en las que habitaban respectivamente, pastores alemanes que
se pusieron a ladrar sin parar y a los que Thor ni caso les hizo, y… una oveja,
que atrajo toda la atención de éste. Era curioso, porque cada vez la furia de
los perros ante tanta indiferencia iba in
crescendo, en lo que Thor se comunicaba con la oveja en el más absoluto
silencio y tan sólo con la mirada y ladeando ambos la cabeza de manera
cómplice. Hubiera querido prolongar aquella escena divina, pero duró unos
instantes y a la vez todo el tiempo que Xabi y yo la recordemos.
En otra ocasión, la ruta discurría por un monte
verde y llano donde pastaba un caballo. Menuda tentación para el can que salió corriendo a toda
velocidad a jugar con él. Confieso que llegué a asustarme, pues el caballo, un
animal joven y vigoroso levantó sus patas traseras para propinarle su merecido
a aquel intruso. Varias veces, cuando los rigores de la ruta la hacían casi
insoportable, salía Thor con una de sus gracias y nos hacía reír a carcajadas.
Con el caballo fue una, y otra, cuando por un pinar encontró muchas piñas similares a la de él, reunidas. Soltó la suya y olisqueó una, otra, una tercera, hasta que se dio cuenta de que aunque se le pareciesen ninguna era como la suya. La volvió a coger y marchó feliz de tener una piña tan especial. Me hizo recordar el pasaje de “El Principito”[1], cuando el zorro le explica qué quiere decir “domesticar” y él se da cuenta de que aunque encuentre muchas rosas parecidas a la suya… “son bellas, pero están vacías, puesto que es ella a quien ha regado. Puesto que es ella a quien abrigó bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegió con una pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas mató (salvo dos o tres que dejó para que se convirtiesen en mariposas). Puesto que es ella a quien escuchó quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es su rosa”.
Con el caballo fue una, y otra, cuando por un pinar encontró muchas piñas similares a la de él, reunidas. Soltó la suya y olisqueó una, otra, una tercera, hasta que se dio cuenta de que aunque se le pareciesen ninguna era como la suya. La volvió a coger y marchó feliz de tener una piña tan especial. Me hizo recordar el pasaje de “El Principito”[1], cuando el zorro le explica qué quiere decir “domesticar” y él se da cuenta de que aunque encuentre muchas rosas parecidas a la suya… “son bellas, pero están vacías, puesto que es ella a quien ha regado. Puesto que es ella a quien abrigó bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegió con una pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas mató (salvo dos o tres que dejó para que se convirtiesen en mariposas). Puesto que es ella a quien escuchó quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es su rosa”.
Reponiendo fuerzas.
Ya
son las dos de la tarde o un poco más cuando encontramos el puente por sobre el
que pasa la carretera y que previamente nos anunciara muy bien el señor. Es
feo, feo, pero no nos mojamos… La lógica más aplastante indica que es el sitio
ideal para comer los bocadillos y descansar la espalda de la mochila. Y allí
que acampamos. Vive Dios que en condiciones normales no sería capaz de comer o
dar a nadie aquel bocadillo, pero sin haberla percibido antes, el hambre es tan
grande que el bocadillo se me antoja un manjar digno de reyes, o lo que es más,
de peregrinos a Compostela. Nos adelanta el italiano que cenara a nuestro lado
en el albergue la noche anterior. Por cierto, ha estado varias veces en Cuba, y
confirma lo que le he dicho en múltiples ocasiones a Xabi, que Galicia y Pinar
del Río se parecen mucho. Le ha dado alegría recordar a Pinar del Río, y a mí
más, tierra de mi familia materna y donde pasara los primeros cinco años de mi
vida. Le brindamos un trozo de bocadillo, pero ha comido y prefiere continuar
viaje. No va muy bien pertrechado para la lluvia. Lo denota un paraguas medio
roto que lleva. Al terminar nuestro “suculento” manjar, y sin tiempo para
siesta, proseguimos.
Llegamos a la carretera, un poco más y ya se intuye el pueblo muy cerca.
Recuerdo una frase de El Principito, “todos los caminos conducen a los
hombres”… Gran verdad. Todavía habrá que recorrer algunos kilómetros por una
recta asfaltada. ¡Dios!
[1] “El
Principito”, la novela corta más famosa del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944).


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